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Caso Epstein: La cooperación, red y dominación sistémica

El caso Epstein

El 08/02/2026

El caso de Jeffrey Epstein revela una realidad inquietante: la falta de cooperación puede convertirse en un instrumento de dominación cuando se alinea con intereses poderosos en lugar de exigencias éticas. Este caso ilustra cómo entornos profesionales, sociales e institucionales pueden contribuir a mantener sistemas profundamente injustos.

Cuando la falta de cooperación se convierte en instrumento de dominación

En torno a Epstein no actuó únicamente un individuo, sino un verdadero ecosistema. Gestores patrimoniales, instituciones financieras, relaciones políticas o sociales: cada uno, a su nivel, participó en la estabilidad de un sistema que permitió la repetición de abusos y crímenes durante años.

Esta cooperación no siempre estaba coordinada. A menudo se apoyaba en mecanismos ordinarios: proteger una reputación, evitar un escándalo, preservar a una personalidad pública o a un cliente estratégico, mantener una relación útil o, simplemente, no hacer preguntas…

La cooperación exige la existencia de contrapesos

Tomados aisladamente, estos comportamientos pueden parecer anodinos. Sumados, se vuelven temibles. La cooperación se desvía cuando privilegia la lealtad a una red por encima de la responsabilidad hacia la sociedad. Se vuelve tóxica cuando la protección de un individuo o de un grupo prima sobre la protección de los más vulnerables. En estas configuraciones, profesionales competentes pueden convertirse —a veces incluso sin plena conciencia— en engranajes indispensables de un sistema que no podría funcionar sin ellos.

Este fenómeno produce un efecto sistémico: el fortalecimiento del más fuerte y la invisibilización progresiva de los más débiles. Las víctimas tienen dificultades para hacer oír su voz, mientras el sistema se consolida, protegido por una cooperación difusa pero eficaz. El caso Epstein no es una anomalía: pone de relieve cómo entornos carentes de contrapesos, de vigilancia y de cultura ética pueden facilitar injusticias duraderas.

¿Con quién cooperamos, en qué marco y para qué?

La cooperación no es un valor en sí misma. Puede proteger, reparar, construir, pero también puede ocultar, eludir, facilitar. Todo depende de aquello a lo que sirve, de los límites que se le imponen y de la capacidad de los actores para cuestionar sus prácticas.

La pregunta se vuelve entonces esencial: ¿con quién cooperamos, en qué marco y para qué?

Una cooperación sin vigilancia ni cuestionamiento puede convertirse en uno de los motores más poderosos de la injusticia sistémica. A la inversa, una cooperación consciente, encuadrada y alineada con principios puede convertirse en un verdadero instrumento de protección y transformación.

Francis JEANDRA