El buen olor de la “Coopé”
En el pueblo de Alta Provenza donde pasaba mis vacaciones de niño, pocos años después de la Liberación, muchas cosas seguían marcadas por el conflicto y por una “ocupación” que había sido dura y mortífera. La gente se recuperaba lentamente, pero aún estábamos lejos de los años de abundancia.
Para abastecerse estaban el carnicero, el panadero y «La Cooperativa».
Instalada en una antigua capilla, tenía algo de místico. Se accedía subiendo unos escalones y atravesando una gran puerta abovedada. De inmediato se entraba en una penumbra imponente donde flotaban aromas de un incienso de hierbas aromáticas y de verduras frescas.
La pareja que regentaba aquella institución llevaba una larga bata gris casi monacal y oficiaba casi litúrgicamente. Los diez mandamientos de los cooperadores estaban expuestos en buen lugar. Cuando aún faltaba de todo, la Cooperativa era salvadora.
Y hacía honor a su nombre: más que clientes, éramos asociados, conocidos y reconocidos. La leche que yo iba a buscar en un pote de aluminio venía de las vacas de Madame Rebuffel, que pasaban delante de nuestro jardín dos veces al día. Si no había judías verdes, era por el lumbago del jardinero Antonin.
En la “coopé”, todo y todos tenían una historia; los habitantes del pueblo, sacudidos por la guerra, se encontraban necesariamente en aquel lugar vital. Incluso si algunos “no podían ni verse”.
Éramos fieles: mi abuelo asistía a las asambleas, mi abuela pegaba cuidadosamente los sellos ganados con cada compra para obtener un premio deseado, y yo coleccionaba cromos de autos de carrera…
No evoco esta institución por nostalgia del pasado, sino porque veo en ella una imagen de esos caminos de renovación que los seres humanos trazan después de los derrumbes: trabajar juntos para lo esencial.
Y temo que sea precisamente ese sentimiento profundo de solidaridad y cooperación, que supera las individualidades, lo que los artesanos del caos quieren erradicar, en beneficio de la siempre presente razón del más fuerte, agazapada bajo los oros de los palacios y en los cerebros retorcidos.
Michel SEYRAT